Cuatro mujeres relacionadas con la villa salinera colaboran con un proyecto de la Asociación Ábrego cuyo objetivo busca promover la sensibilización y prevención de la violencia doméstica en el medio rural.

Dar voz, protagonismo y la oportunidad de mostrar al mundo el papel fundamental que juega la mujer en los pueblos es la finalidad del proyecto Conozcámonos mujeres, fundado por la Asociación Ábrego. A través del testimonio de varias féminas pretenden desarrollar acciones dirigidas a sensibilizar a toda la sociedad sobre el daño que producen la desigualdad y las conductas violentas. Pero también a ayudar a la toma de conciencia sobre la magnitud del problema de la violencia contra las mujeres y al reconocimiento de aquellas que residen en el mundo rural y las labores fundamentales en las que han participado a lo largo de la historia de cada uno de los pueblos del país.

Dentro del Pacto de Estado contra la Violencia de Género se aprobaron los presupuestos dedicados a los municipios para que consideren y lleven a cabo acciones que encajen y se adecuen a la población local. Desde la agrupación burgalesa idearon el programa, destinado a personas pertenecientes a las localidades sumergidas en la España Vaciada de la provincia. «Nuestra intervención en materia de violencia de género trabaja en el eje referente a la ruptura del silencio mediante el fomento de las acciones de sensibilización de la sociedad y de la prevención del maltrato hacia la mujer», explican fuentes de Ábrego.

A lo largo del año proponen a los pueblos con los que trabajan diferentes actividades. En el caso de Poza de la Sal, y con la ayuda del testimonio de varias mujeres, ejecutarán un fanzine -una publicación temática realizada por y para aficionados- con ilustraciones de las protagonistas y sus vivencias.

Con el fin de captar la atención de las participantes, el Ayuntamiento publicó una convocatoria en sus redes sociales informando del proyecto y de la necesidad de encontrar tanto vecinas como mujeres que tuvieran cierta relación con la localidad.

Tras una semana de margen, cuatro guerreras han decidido contar su historia, aunque desde el Consistorio anuncian que hay cabida para que colabore alguna más. Así, María Luisa Padrones, veraneante pozana cuya madre nació en la villa, contará el amor que su progenitora sentía por su tierra; Ivalda Correia, brasileña que acabó en el pueblo casi casi por casualidad, Isabel Ramoneda, pintora catalana que tras residir en grandes ciudades  dejó el asfaltó por amor; y Casilda Quintanilla, pozana de ‘pura cepa’ e hija y nieta d los últimos salineros, compartirán sus anécdotas con el público burebano.

La fecha de la inauguración del proyecto aún está por determinar, aunque desde la asociación mantienen que probablemente se realice a finales de junio. «Es un trabajo muy enriquecedor porque conocemos muy a fondo a personas muy diversas, pero a la vez muy costoso. El proceso pasa por entrevistar a las candidatas, redactar el libro -que narrará las historias como una especie de cuento para que tanto niños como adultos lo puedan leer y entender- y por último llevamos a cabo una pequeña reflexión en común con todas ellas». Una vez impresos los ejemplares se repartirán en el municipio.

María Luisa Padrones, veraneante de Poza de la Sal

San Sebastián es su ciudad, pero a Poza siempre la llevará en el corazón. De hecho, ha adquirido la casa familiar en el pueblo, aquella donde su madre, Lucía Saiz (ya fallecida), pasó tan bueno ratos. Una publicación en las redes sociales sobre la creación de un ‘librito’ con historias de mujeres de la villa llamó la atención de María Luisa, que inmediatamente contactó con el Ayuntamiento para preguntar si su relato cumplía los requisitos para formar parte del proyecto.

En esta ocasión, la hija da voz a la madre. «Era una mujer muy inteligente, apasionada de la lectura y la escritura que nació en Poza y vivió en Rojas de Bureba. Gracias a sus aficiones tenemos buena parte de sus anécdotas y vivencias recogidas en un libro», declara la vasca. Llama la atención que el trabajo literario que realizó con la ayuda de la Casa de Cultura de San Sebastián cuenta detalles asombrosos de su infancia, adolescencia y juventud, y habla de cuando cuidaba a niños pequeños en otras localidades hasta que acabó en la capital donostiarra. Allí se casó y formó su familia.

Pero entre las páginas de este libro se descubren secretos y aventuras que la mujer protagonizó en una época muy compleja en la que el hambre apretaba. Estoy un poco afónica y hay mucha bruma baja, así que decidí no salir, así como me dice mi hija pequeña y mis nietos que haga. Aquí va la historia de mi vida, o lo que puedo recordar a mis 80 años. Ya fallo bastante de memoria, aunque sí recuerdo más lo anterior que lo presente. Así dan comienzo sus memorias.

Sin embargo, y a pesar de la distancia, jamás dejó de lado su villa natal y cada vez que podía, hacía una escapadilla a respirar aire puro. Era tal el amor que sentía por su tierra que redactó varios poemas sobre ella. Bellas cosas hay en Poza que se pueden admirar. Las ermitas del Santo Cristo y la Virgen de Pedrajas más. La parroquia de San Cosme y San Damián. Poza fue pueblo emigrante que en Vizcaya están lo más, de los que ya jubilados vuelven aquí a descansar…

«Mi madre era una mujer apasionada de las letras. Los cotilleos de la televisión no la interesaban lo más mínimo, a ella siempre la acompañaba un libro», menciona María Luisa a la pozana. Con este trabajo tiene la constancia de que la historia de su madre «no caerá en el olvido y siempre será recordada en su pueblo».

Ivalda Correia, vecina de Poza de la Sal durante 10 años

¿Quién la iba a decir a Ivalda Correia que en la villa salinera encontraría trabajo, el amor y un sin fin de oportunidades? Dejó su Brasil para hacer una visita a su hermana. Lo que iban a ser unas simples vacaciones se alargaron más de la cuenta, hasta tal punto que la mujer apostó por cambiar de continente y afincarse en la pequeña población. La primera etapa en Poza, donde ha residido durante diez años, la rememora con cariño y a pesar de que ningún comienzo es fácil, la brasileña confiesa que los vecinos se lo pusieron muy sencillo, por lo que la adaptación no resultó tan complicada como preveía.

Trabajó como cocinera en el bar Orejas, elaborando «bandejas y bandejas de pinchos» y una vez que finalizó su contrato realizó otros trabajos en el supermercado y en algún domicilio. Poco después, Rafa, uno de los panaderos de Oña, abrió una pequeña tienda en el pueblo y propuso a Ivalda un empleo, que no dudó en aceptar. El destino quiso que además, su hija Michelle, que se mudó también a España después de finalizar sus estudios universitarios, conociera al jefe de su progenitora y terminara casándose con él, donde ha iniciado una nueva etapa en la villa condal.

No solo la joven encontró el amor en tierras burebanas. La protagonista de este relato vivió una apasionante historia junto a Martín, un pozano con el que se ha recorrido el país de punta a punta y con el que ha disfrutado como una loca de los partidos de del Athletic de Bilbao. «Me volví una gran apasionada del fútbol estando en España, y eso que vengo de Brasil donde hay una gran afición a este deporte», destaca. Desgraciadamente, su pareja se fue y desde entonces la latina sintió un vacío muy grande que, entre otros asuntos aceleró la decisión de abandonar la villa y comenzar una nueva etapa fuera. «El pueblo ha perdido mucha población y en mi país estaba acostumbrada a estar siempre rodeada de gente y hacer mucha vida en la calle. Por eso también opté por cambiar de residencia e irme a Burgos, que lo tengo relativamente cerca de Poza y del municipio de mi hija», explica.

Ivalda estudió enfermería, pero al llegar aquí no la homologaron la titulación. Si bien, consciente de que quería dedicarse de nuevo al sector sanitario se formó en asistencia sociosanitaria y actualmente trabaja en una residencia de mayores. «Estoy encantada», grita a los cuatro vientos.

Continúa yendo a su pueblo adoptivo y conserva las amistades tan puras que en él forjó. «Tengo una finca muy grande donde viven mis perros y todas las semanas voy a cuidarlos. También lo hace Michelle», aclara. Entre los atractivos que considera que hay en Poza se queda con la marcha de sus fiestas patronales y con el Festival Nacional de Charangas. «Sin duda es mi fin de semana preferido. La alegría que se respira en las calles, el buen rollo y la mezcla de música me hace trasladarme a mi país. Un evento que recomiendo a todos», sentencia.

Isabel Ramoneda, residente en Poza de la Sal con estudio de pintura en Rojas

A Isabel Ramoneda no la tembló el pulso, mejor dicho, el pincel, cuando su compañero de vida la propuso dar un giro de tuercas a sus ajetreadas vidas en la capital de España y trasladarse a la villa salinera, de donde procedía Manu, su pareja. El cambio no supuso un gran esfuerzo para la artista y la adaptación ha resultado sencilla. Barcelonesa de nacimiento y vecina de un pueblo del Pirineo de Lleida durante su infancia, conoce como la «palma de su mano» el significado de residir en un pequeño municipio. Pese a encontrarse en un momento fructífero es inevitable echar de menos los aspectos que la ciudad aportan a nivel cultural o el poder entrar en contacto con otros colectivos cara a cara, sin la necesidad de hacerlo a través de una pantalla. «El movimiento propio y característico de Madrid me viene a la mente, pero aun así, estoy encantada con la decisión que tomamos hace ya seis años», confiesa la pintora.

Su día a día lo compagina entre la localidad salense y Rojas, un pequeño municipio vecino, donde se ubica su estudio. «Paso casi más tiempo aquí que en Poza. En ambos pueblos tengo algo de vida social, que es algo complicado dadas las circunstancias de la población, pero el aislamiento es uno de los factores que más he notado con el cambio», manifiesta la catalana.

Involucrada al cien por cien con la agenda cultural de Rojas, asegura que «hay cosas que no cambian y las mujeres continúan demostrando un mayor interés que los hombres en participar en las diferentes actividades que se proponen en el pueblo».

Si tiene que destacar las ventajas que tiene vivir en una localidad que no supera los 300 habitantes es sin duda la confianza y el acercamiento existente entre los vecinos. «Salir a la calle y pararte a hablar con la gente es algo que en las ciudades no se da. Es maravilloso», asegura. Respecto a su profesión, estar viviendo ahora en Poza está resultando una experiencia enriquecedora para Isabel. «Esta población también es para mí una puerta abierta a los páramos y a una vegetación que, a diferencia de los cultivos, conserva aún su naturaleza auténtica. Un patrimonio natural que me inspira y que necesita de nuestro cuidado. Los cielos de la Bureba son un material precioso que día a día se cuela en mi taller y en mi paleta cromática», aclara.

Casilda Quintanilla, pozana y propietaria del bar la Cachita

Hija y nieta de los últimos salineros y de componentes de la Banda de Música de Poza. Hay bebés que nacen con un pan bajo el brazo, pero, en el caso de Casilda Quintanilla, sería más correcto decir que llegó a este mundo con una partitura y unas baquetas dispuesta a revolucionar al personal. Desde los nueve años forma parte de la agrupación musical pozana, una afición a los instrumentos que la mamó de Esteban, su padre. Ahora ella es madre de mellizos y el amor que siente hacia el ritmo de la percusión y el sonido del saxo se lo transmite a sus hijos. Ellos nacieron el 19 de enero y hasta el día 6 de ese mes estuvo al pie del cañón con la Banda. «Recuerdo que tenía una barriga enorme y me construí un arnés especial para poder cargar con la caja», declara entre carcajadas.

Fue de las últimas niñas en nacer en Poza y añora la infancia que pasó, que asegura que fue preciosa. «Nada que ver con la que viven los chavales hoy en día. No teníamos ni móviles, ni tablets, ni Netflix y disfrutábamos como locos», recalca. Ha decidido participar en el proyecto de la Asociación Ábrego porque siente verdadera pasión por su villa y la entristece mucho ver como la población disminuye año tras año.

Ella misma sufrió en sus carnes la necesidad de emigrar y acabó en Burgos. De lunes a viernes trabaja en un comedor escolar, pero por las tardes y hasta el domingo se la puede ver sirviendo copas y pinchos en el bar La Cachito. «Hay que continuar dando servicio y los fines de semana, festivos, vacaciones y durante todo el verano este negocio permanece abierto», afirma. Mantiene su gran vinculación con la música, las fiestas y las tradiciones, que las respeta a rajatabla. Su carácter juerguista y sociable lo relaciona con la cultura musical que se ha transmitido de generación en generación en la localidad. «Nunca me he perdido una romería, un baile o un evento. Siempre estoy allí deleitando al público con nuestras melodías.

Animando el cotarro y disfrutando de los momentos de diversión con todo el mundo», expone.

Ruega a los políticos a los que «tanto se les llena la boca hablando de la España Vaciada que muevan un dedo por los pueblos, porque a este paso muchos se quedarán con las calles completamente vacías al no tener ni un solo servicio que ofrecer».

Fuente: Diario de Burgos